ISABEL (Artículo publicado en el Boletín Crecer Sin Escuela número 2, otoño 1997)
Durante este último año, hemos tenido la ocasón de aprender de dos de las experiencias más vitales e importantes que se dan a lo largo de la vida y que en nuestra sociedad están bastante relegadas y desvalorizadas. Me refiero a las experiencias del nacimiento y de la muerte, ambas con muchos tabúes. Hemos aprendido tanto nosotros los adultos como nuestros hijos, pero creo que sobre todo para estos últimos ha sido una oportunidad especialmente importante. Y pienso que el hecho de que hayan podido aprovecharla ha influído enormemente el hecho de que no vayan a la escuela.
Hace ahora un año, nació nuestra tercera hija. Los dos mayores tenían 9 años el chico y casi 7 la chica. El parto fue planeado en casa. En cuanto empezó el primer síntoma del parto, ellos participaron de la emoción y colaboración consiguentes. Como habían vivido el embarazo de cerca y se había hablado sobre el tema, sin que nadie les dijese nada se pusieron rápidamente a limpiar y ordenar la casa. Creo que fue una manera adecuada de eliminar la adrenalina. En las horas de preparto, entre todos limpiamos, ordenamos, cocinamos, compraron alimentos, preparamos la estancia en la que recibiríamos al bebé. Los días anteriores, los niños y yo habíamos preparado farolillos de papel para procurar una luz suave y ambiente festivo, los colocamos estratégicamente, encendimos velas y ellos recogieron y colocaron flores y quemaron incienso. A medianoche, cuando verdaderamente comenzó el parto, no querían acostarse pero les explicamos que mis partos solían ser larguísimos, y que si acaso ésta vez no era así, les despertaríamos.
Se levantaron muy temprano y el parto continuaba. Nuestra hija Luna ya no se separó de mi lado en toda la mañana; me acompañaba con serenidad en la respiración a cada contracción. Arce, más inquieto, salía afuera a jugar con el hijo de la pareja que me atendía, y entraba de vez en cuando para ver "cuánto me había abierto" y si se veía ya la cabeza del bebé. Lamentablemente, a media tarde decidimos ir al sanatorio y después de intentar todo - en casa y allí - por la noche me tuvieron que practicar una cesárea con anestesia epidural. Los niños estuvieron presentes durante la decisión y preparativos y entendieron la situación. A la mañana siguiente vinieron a conocer a su nueva hermana, de la que tuvieron noticia en cuanto nació. La tomaron en sus brazos y la mecieron con dulzura, la besaron, olieron, acariciaron y cambiaron el pañal.
Esto ha continuado todo este tiempo. Me han ayudado enormemente en el cuidado y atención de la pequeña y esto les ha vinculado estrechamente con ella. Han aprendido con todo su cuerpo lo que es un bebé: cómo hay que calmarle, cómo procurarle lo que desea (teta, brazos, movimiento, sueño) cómo es importante la paciencia, y que durante esta etapa todos debemos girar a su alrededor con prioridad sobre nuestros caprichos, pero que se hace con gusto.
Entre todos ha sido mucho más fácil y llevadera la crianza, sin tensiones, agotamiento o crisis nerviosas. Ellos nunca han manifestado celos, creo que debido a que han podido participar y disfrutar del bebé tanto como necesitaron.
Es ahora, cuando empieza a moverse por toda la casa y a coger todo, cuando les resulta más fatigoso encargarse ratos largos de ella. Pero siguen atendiéndola con ilusión y cariño. Aprenden a jugar con ella con respeto, sin forzarla, y a entender sus necesidades.
Si hubiesen ido a la escuela, el tiempo a pasar con Hada habría sido mínimo y habrían estado demasiado cansados para participar con devoción y responsabilidad. Yo seguramente también habría estado más estresada y esto habría mermado mi atención a unos y a otros. Hemos abandonado este curso las tablas de multiplicar y muchas otras cosas pero creo - creemos que ha merecido la pena. Por otro lado, hemos leído y hablado mucho. Cuando Hada tenía 5 o 6 meses, el abuelo paterno enfermó repentinamente y al poco el diagnóstico se agravó. Nosotros vivimos a 400 kilómetros de él, así que cuando le ingresaron en el hospital viajamos para estar cerca y cuidarle. De esto se encargó mi marido los días que permanecimos allí. Los niños y yo seguíamos la evolución de cerca y le visitábamos - incluída la pequeña - procurando no cansarle. Nunca ocultamos a nuestros hijos lo referente al pronóstico. Nos preparamos para una posible muerte y hablamos mucho del tema y nuestros sentimientos. Como el desenlace podía ser largo, regresamos a nuestro lugar de residencia y volvimos a viajar varias semanas después. Los niños y yo respetamos su dolor y malestar no visitándole hasta que él estuvo dispuesto. Guillermo - mi compañero - disfrutó de poder permanecer constantemente a su lado cuidándole las últimas semanas. Cuando por fin pudimos visitarle nosotros, su aspecto había desmejorado mucho, pero los niños no se asustaron sino que le besaron y abrazaron con ternura. El sonrió por primera vez en los últimos meses. Se alegraba de vernos a todos allí. También acudían con frecuencia, por supuesto, sus otros hijos y sus parejas, pero nietos no tenía mas (no llegó a conocer al que nacería pocos meses después) y tenía una relación especial con ellos. Ha sufrido mucho, pero creo que el estar acompañado de cariño se lo ha hecho más llevadero. Y hemos tenido la oportunidad de despedirnos desde el corazón. Arce y Luna han aprendido sin dramatismos cómo acompañar suavemente al que se va, a mimarle y permanecer en silencio muchas veces, a hablarle con los ojos, a no asustarse y a llorar cuando el corazón está desbordado.
Fuimos todos juntos al tanatorio. No excluímos a los niños, que pudieron verle y participar del rito final: pésame, visitas... y llantos. Al día siguiente acudieron con nosotros al crematorio del cementerio y al funeral.
Por la tarde salimos al campo con la abuela y el resto de los tíos para calmar nuestro dolor y relajarnos, y por la noche esparcimos sus cenizas por los lugares que él alguna vez había comentado. Fue duro para todos porque no estamos familiarizado con este rito, es algo bastante reciente en nuestra cultura. Pero fue hermoso porque pudimos crear la ceremonia que nos iba brotando del interior sin dirigirnos, de forma sencilla e íntima. Los niños habían recogido flores de los ramos y coronas y se les ocurrió irlas dejando junto con las cenizas. Al final, en círculo, quien quiso habló manifestando su emoción. Aún recuerdo las palabras sentidas de Arce.
A través de estas dos experiencias hemos comprobado una vez más que los niños ven la vida con naturalidad, sin miedo ni aspavientos. Somos nosotros los adultos los que complicamos las cosas, fabricamos tabúes y pensamos que los niños "no saben hacer", "no están capacitados"... en definitiva, desconfiamos de ellos.
En este tiempo hemos escuchado todo tipo de comentarios al respecto: desde el constante "que se te va a caer la niña" de los vecinos y viandantes, al "mejor que los niños no vayan" (al tanatorio, cementerio...etc.) de los abuelos.
En nuestra cultura hemos llegado a preferir que los niños se alejen de todo lo que es vida real y en cambio se llenen la cabeza con datos y teorías que no comprenden. Quizás esto tenga que ver con el aumento de violentos que nos sorprenden contínuamente en los periódicos. Nosotros hasta ahora estamos contentos de la experiencia. Sabemos que en esta segunda ocasión la escuela también habría desviado su atención del momento que estábamos viviendo - lo verdaderamente importante -, y quizás exámenes o la simple asistencia y "retraso", habrían problematizado los viajes o abrumado a los niños.