Nuestro hijo Arce tiene ahora 11 años y nuestra hija Luna 8. En casa somos muy lectores, demasiado, diría yo, porque le lectura tiene muchas ventajas y algunas desventajas: te puede atrapar tanto que no sientas deseo de hacer otra cosa, y si le dedicas demasiado tiempo, puede hacerte pasivo físicamente y excesivamente "mental", además de otras influencias.
Yo fui un caso precoz de lectora. Aprendí a los tres años y en solo un par de meses, escuchando cómo aprendían las niñas mayores de mi colegio. Por lo visto, nadie me enseñó y se sorprendió todo el mundo con lo ocurrido. De los años sesenta para acá parece que la forma de pensar "oficial" ha cambiado bastante. En esa época mis padres estaban preocupados por mi condición de hija única (con sólo 3 años) y decidieron enviarme a un colegio para que pudiera estar con otras niñas. Pero las menores de esas niñas tenían seis o siete años (cuando las empezaban a enseñar a leer) y el colegio no tenía infraestructura para ocuparse de niños más pequeños. Esto propició mi lectura temprana. Me encantaba leer, mi madre me había proporcionado cuentos que me leía ya desde bebé y era una estupenda narradora.
Luego, en la adolescencia comencé a tener noticia de que no era recomendable enseñar a leer a los niños muy pronto, pensamiento que luego reafirman estudios y otras lecturas. Así que cuando Arce era pequeño, yo pensaba que la mejor edad era a partir de los siete años. Pero él tenía unos deseos tan grandes de aprender, que yo estaba en contradicción si no atendía su demanda, pues con la crianza y lactancia había entendido que la mejor forma de atender a un niño era el irle proporcionando lo que él manifestaba necesitar. Por eso, cuando él tenía cinco años resolví irle enseñando "letras". No utilicé ningún método aprendido, sino lo que a mí me pareció que podría funcionar.
Primero aprendió las vocales. Luego, por orden de abecedario fui mostrándole cómo sonaba cada consonante e iba formando pequeñas palabras con las letras ya conocidas. Utilizábamos una pizarra y usábamos las mayúsculas pero sobre todo las minúsculas. Creo que cada día más o menos, le mostraba el sonido de una nueva letra y repasábamos las anteriores, siempre con palabras que tuvieran un sentido. No empleábamos más de 20 o 30 minutos cada día, pero a lo largo del día, cuando "leíamos" cuentos, jugábamos de vez en cuando a que reconociera alguna palabra o sílaba conocida. También recuerdo ahora que antes de empezar este proceso, Arce ya conocía las letras mayúsculas: su grafía y su nombre, pues le divertía como un juego el deletrear. Quizás por eso tardó tan poco en aprender las minúsculas y su pronunciación. También era un aliciente el reconocer palabras en algunos cuentos. Tengo la sensación de que seguimos el orden alfabético más o menos hasta la mitad (la "l" o la "m" o "n"), concediendo más tiempo a las consonantes difíciles en castellano (la "c", la "g") y menos a otras (la "h"), pero él cada vez iba más rápido y como si hubiese aprendido las reglas del juego, se adelantaba a otras letras y adivinaba su sonido. No todos los días dábamos "clase", pero creo que en menos de dos meses leía perfectamente, sin silabear, y no demasiado despacio. Desde entonces no ha parado. Devora los libros de la biblioteca.
Cuando Luna cumplió los cinco años, dibujaba con fruición (ahora, tres años después, continúa igual). No sé por qué decidí comenzar a enseñarle el juego de las letras como había hecho con Arce. Quizás, como él ya era "prófugo escolar" desde hacía dos años, yo temía que en algún momento las autoridades nos obligaran a escolarizar y que ella tuviera problemas por no "saber lo que debía". Ella no tenía ganas de aprender, ni de dedicar siquiera 10 minutos a ese tema. Le costaba aprender a diferenciar los distintos sonidos de una misma consonante, y mientras yo explicaba, ella dibujaba. Cuando me di cuenta de que yo me enfadaba por ello y perdía la paciencia, de que estaba reproduciendo de forma irreprimible el comportamiento de mis profesores de la infancia, de que me ofendía que no atendiera ni un momento, resolví abandonar el tema. Era una situación absurda producida por el miedo, por los valores ajenos de qué tienen que saber y a qué edad, y podía tener efectos contrarios a los deseados: que aborreciera la lectura. Luna suspiró aliviada. Pero poco después, quizá dos o tres meses más tarde, descubrí que ella espontáneamente había aprendido sin que ninguno controláramos bien cómo había ocurrido. Pero ella continuó diciendo durante bastante tiempo que no sabía. Creo que la influía en esta afirmación el que habíamos abandonado "las clases", ella pensaba que no sabía porque yo había dejado de enseñarla.
Ahora le gusta leer, aunque no va tan rápido como Arce y le cuesta leer libros de "mucha letra" (más bien empieza ahora motivada por los comentarios de su hermano sobre algunos libros de aventuras). Así como Arce devora libros y dibuja poco, ella devora folios y papel y lee menos. Menos, me refiero sólo a velocidad y por tanto a cantidad de libros. Pero tanto ella como él leen con fluidez y entonación expresiva rica en matices. Todas las noches leen ambos antes de acostarse.
También hay libros que les leemos su padre y yo en alta voz. El ahora les lee "La Odisea" a petición de Luna, y yo les leo normalmente libros de cuentos tradicionales originales: Los Grimm, Perrault, las obras completas de Afanásiev, etc. Disfrutamos todos, fortalece nuestro vínculo afectivo y creo que nos mantiene vivo el interés por los libros.
Tenemos otra hija, de 20 meses. Hada. Pienso que ella ya ha comenzado su iniciación a la lectura. Cuando vamos a la biblioteca saca libros de los estantes y los mira, y en casa y hace tiempo que a veces se sienta con un cuento y lo "lee" en voz alta.
Quiero hacer mención especial de los "cómics". Arce y Luna se han encontrado en casa con varios de ellos: Asterix, Tintín, Yakari de Walt Disney, etc. Con el tiempo hemos observado que no era un tipo de lectura muy interesante. Es demasiado cómoda, no hay que hacer casi ningún esfuerzo para seguirla, los diálogos son pobres así como el vocabulario que redunda en onomatopeyas. Además pensamos que un exceso de imágenes (¡qué decir entonces de la televisión!) limita también la imaginación y puede llegar a originar pequeños (o grandes) traumas si la imagen no es adecuada para la sensibilidad del que la recibe.
La verdad es que no les prohibimos su lectura pero pretendemos evitarla: leen los que ya conocen de casa, en la biblioteca pueden leerlos pero no les dejamos sacarlos y traérselos, y supervisamos también qué cómics quieren leer (si nos parecen muy malos por su contenido, se lo explicamos y los cambiamos).
-Isabel
Artículo publicado en el Boletín Crecer Sin Escuela número 3, primavera 1998
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