Rousseau, Jean Jacques (1712-1778) (traducción por Mauro Armiño), Emilio, o De la educación, Alianza Editorial, Madrid, 1990.
DAVID KORNEGAY
Sorprendentemente actual, el libro de Rousseau ofrece una descripción exacta de lo que en nuestros días se conoce como educación en casa del tipo holtiano (John Holt 1923-1985), educación natural o unschooling. Es el relato ficticio de un chico, Emilio, y su tutor. El tutor sirve de narrador y explica con lujo de detalles sus metas y métodos para la crianza natural de Emilio hasta su madurez. En una época en que los hijos de familias pudientes se veían obligados desde muy jóvenes a estudiar temas que nada tenían que ver con su realidad cotidiana -- latín, heráldica, historia antigua -- Rousseau aboga por una infancia alejada de la enseñanza teórica y por unas metas educativas basadas en los intereses naturales del niño. A continuación, reproduzco unos párrafos del libro de Rousseau.
Los padres deben responsabilizarse de la educación de sus hijos
Libro I, página 57
¿Queréis que guarde su forma original? Conservadla desde el instante en que viene al mundo. Tan pronto como nazca apoderaos de él, y ya no le soltéis hasta que sea hombre: sin eso no triunfaréis nunca. Igual que la verdadera nodriza es la madre, el verdadero preceptor es el padre. Que se pongan de acuerdo en el orden de sus funciones así como en su sistema; que de las manos de la una pase el niño a las del otro. Será mejor educado por un padre juicioso y limitado que por el maestro más hábil del mundo; porque suplirá mejor el celo al talento que el talento al celo.
Pero los negocios, las funciones, los deberes... ¡Ay, los deberes! Sin duda el último es el de padre. No debe asombrarnos que un padre cuya mujer ha desdeñado nutrir al fruto de su unión desdeñe educarle. No hay cuadro más encantador que el de la familia, pero un solo trazo fallido desfigura todos los demás. Si la madre tiene una salud demasiado escasa para ser nodriza, el padre tendrá demasiados negocios para ser preceptor. Los hijos, alejados, dispersos por pensiones, conventos y colegios, llevarán a otra parte el amor de la casa paterna, o mejor dicho, traerán a ella el hábito de no sentir apego por nada. Hermanos y hermanas apenas se conocerán. Cuando todos estén reunidos en fiestas, podrán ser muy corteses entre sí; se tratarán como extraños. Desde el momento en que no hay intimidad entre los parientes, tan pronto como la sociedad de la familia no cree ya la dulzura de la vida, hay que recurrir a las malas costumbres para suplirla. ¿Hay algún hombre bastante estúpido como para no ver el encadenamiento de todo esto?
La libertad bien regulada
Libro II, página 122
Se han probado todos los instrumentos menos uno. Precisamente el único que puede tener éxito; la libertad bien regulada. No hay que tratar de educar a un niño cuando no se sabe llevarlo a donde uno quiere por las únicas leyes de lo posible y de lo imposible. Por ser igualmente desconocida la esfera de uno y otro, se la extiende, y se la estrecha a su alrededor como se quiere. Se le encadena, se le empuja, se le contiene con el solo lazo de la necesidad sin que él murmure por ello. Se le vuelve flexible y dócil por la sola fuerza de las cosas, sin que ningún vicio tenga ocasión de germinar en él: porque las pasiones nunca se animan mientras su efecto sea nulo.
Hay que ajustar los métodos a la personalidad del niño
Libro II, página 126
Otra consideración que confirma la utilidad de este método es la del genio particular del niño, que hay que conocer bien para saber qué régimen moral le conviene. Cada espíritu tiene forma propia, según la cual necesita ser gobernado, e importa, para el éxito de los desvelos que uno se toma, que sea gobernado por esa forma y no por otra. Hombre prudente, espiad durante largo tiempo a la naturaleza, observad bien a vuestro alumno antes de decirle la primera palabra; dejad primero que manifieste en plena libertad el germen de su carácter, no lo coaccionéis en nada para así verlo mejor por entero. ¿Pensáis que ese tiempo de libertad es tiempo perdido para él? Todo lo contrario, será mejor; porque así aprenderéis a no perder un solo momento en un tiempo más precioso: mientras que si comenzáis a obrar antes de saber lo que hay que hacer, obraréis al azar; sujeto a equivocaros, tendréis que volver sobre vuestros pasos; estaréis más lejos de la meta que si hubierais tenido menos prisa por alcanzarla. No hagáis, pues, como el avaro que pierde mucho por no querer perder nada. Sacrificad en la primera edad un tiempo que volveréis a ganar con usura en una edad más avanzada. El médico sabio no da atolondradamente recetas a primera vista, sino que estudia primero el temperamento del enfermo antes de prescribirle nada: comienza a tratarle tarde, pero lo cura, mientras que el médico demasiado presuroso lo mata.
La enseñanza debe ser práctica
Libro II, página 148
Los pedagogos que con gran aparato nos presentan las instrucciones que dan a sus discípulos son pagados para emplear otro lenguaje; sin embargo, por su propia conducta vemos que piensan exactamente como yo; porque, en última instancia, ¿qué les enseñan? Palabras y palabras, siempre palabras. Entre las diversas ciencias que se glorían de enseñarles, mucho se guardan de escoger las que realmente les serían útiles, porque se trataría de ciencias de cosas y no lograrían nada; heráldica, geografía, cronología, lenguas, etc., estudios todos ellos tan lejos del hombre, y en especial del niño, que es maravilla si algo de todo eso puede serle útil una vez en su vida.
Libro II, página 176
A los dieciocho años se aprende en filosofía lo que es una palanca: no hay niño campesino de doce años que no sepa utilizar una palanca mejor que el primer mecánico de la Academia. Las lecciones que los escolares aprenden entre sí en el patio del colegio son cien veces más útiles que cuanto se les pueda decir nunca en clase.
Libro IV, página 370
Cuando veo que en la edad de mayor actividad se limita a los jóvenes a estudios puramente especulativos, y que después, sin la menor experiencia, son lanzados de golpe al mundo y a los negocios, me parece que no se va menos contra la razón que contra la naturaleza, y ya no me sorprende que sean tan pocas las personas que saben conducirse. ¿Por qué extravagancia nos enseñan tantas cosas inútiles mientras se menosprecia el arte de actuar? Se pretende formarnos para la sociedad, y nos instruyen como si cada uno de nosotros debiera pasarse la vida pensando solo en su celda o tratando temas tan futiles como indiferentes. Creéis enseñar a vivir a vuestros hijos enseñándoles ciertas contorsiones del cuerpo y ciertas fórmulas de palabras que nada significan.
Como enseñar la lectura
Libros II, página 162
Han convertido en asunto fundamental la búsqueda de los mejores métodos para aprender a leer, se inventan escritorios, mapas, se hace de la habitación de un niño un taller de imprenta: Locke pretende que aprendan a leer con dados. ¿No es ésa una invención feliz? ¡Qué lástima! Un medio más seguro que todos ésos, y que siempre se olvida, es el deseo de aprender. Dad al niño ese deseo, luego olvidaos de vuestros escritorios y vuestros dados: cualquier método será bueno para él.
El interés presente: he ahí el gran móvil, el único que lleva con seguridad y lejos. A veces Emilio recibe de su padre, de su madre, de sus parientes, de sus amigos, billetes de invitación para una comida, para un paseo, para una excursión en barca, para ver alguna fiesta pública. Esos billetes son breves, claros, nítidos, están bien escritos. Tiene que encontrar alguien que se los lea; ese alguien, o no se encuentra siempre en el momento oportuno, o devuelve al niño la escasa complacencia que el niño tuvo la víspera con él. De este modo, la ocasión, el momento, pasa. Le leen finalmente el billete, pero ya es tarde. ¡Ah, si hubiera sabido leer por mí mismo! Recibe otros: ¡son tan breves! ¡El asunto es tan interesante! Querría descifrarlos; encuentra unas veces ayuda, y otras, negativas. Se esfuerza, descifra por fin la mitad de un billete; se trata de ir mañana a comer natillas... no se sabe ni dónde ni con quién... ¡Cuántos esfuerzos para leer el resto! No creo que Emilio necesite escritorio. ¿Hablaré ahora de la escritura? No, me da vergüenza entretenerme con esas necedades en un tratado sobre la educación.
Añadiré sólo lo siguiente, que es de la máxima importancia: que por regla general se consigue con seguridad y muy rápido lo que uno tiene prisa por conseguir. Estoy casi seguro de que Emilio sabrá leer y escribir a la perfección antes de la edad de diez años, precisamente porque me importa muy poco que lo sepa antes de los quince; pero preferiría que no supiera jamás leer antes que comprar esa ciencia al precio de todo lo que puede hacerla útil: ¿de qué le servirá la lectura cuando con ella se le haya desanimado para siempre?
Conviene permitir al niño que llegue a sus propias conclusiones
Libro III, página 246
En esta ocasión, tras haber contemplado con él el sol levante, tras haberle hecho observar del mismo lado las montañas y demás objetos vecinos, tras haberle dejado hablar de esto a su gusto, guardad algunos instantes de silencio como hombre que piensa, y luego decidle: Creo que anoche el sol se puso por allá, y que esta mañana ha salido por allí. ¿Cómo es posible? No añadáis más: si os hace preguntas, no respondáis; hablad de otra cosa. Dejadle consigo mismo, y estad seguro de que lo pensará.
Los padres pueden aprender juntos con los hijos
Libro III, página 297
Cuando Emilio aprenda su oficio, yo quiero aprenderlo con él; porque estoy convencido de que nunca aprenderá otra cosa que lo que aprendamos juntos. Nos meteremos, pues, los dos de aprendices, y no pretenderemos que nos traten como señores, sino como verdaderos aprendices, que no lo son en broma; ¿por qué no habíamos de serlo de veras? El zar Pedro era carpintero de obras en el astillero, y tambor en sus propias tropas; ¿pensáis que ese príncipe no fue equiparable a vos por el nacimiento o por el mérito? Comprenderéis que no es a Emilio a quien digo esto, sino a vos, quien quiera que podáis ser.
...No somos sólo aprendices de obreros, somos aprendices de hombres, y el aprendizaje de este último oficio es más trabajoso y más largo que el otro.
Lo más importante es darle al niño un amor por el saber
Libro III, página 308
Emilio tiene pocos conocimientos, pero los que tiene son realmente suyos; no sabe nada a medias. Del pequeño número de cosas que sabe y que sabe bien, la más importante es que hay muchas que ignora y que puede saber un día, muchas más que otros hombres saben y que él no sabrá en su vida, y una infinidad de otras que ningún hombre sabrá jamás. Hay un espíritu universal, no por las luces, sino por la facultad de adquirirlo; un espírito abierto, inteligente, dispuesto a todos, y, como dice Montaigne, si no instruido al menos instruible. Me basta con que sepa encontrar el para qué sirve en todo lo que hace, y el por qué en todo lo que cree. Porque, lo repito una vez más, mi meta no es proporcionarle la ciencia, sino enseñarle a adquirirla llegado el caso, hacérsela estimar exactamente en lo que vale, y hacerle amar la verdad por encima de todo. Con este método se avanza poco, pero jamás se da un paso inútil, y nunca se ve obligado uno a retroceder.
Emilio no tiene más que conocimientos naturales y puramente físicos. No conoce el nombre de historia, ni lo que es metafísica y moral. Conoce las relaciones esenciales del hombre con las cosas, pero nada de las relaciones morales del hombre con el hombre. Sabe poco generalizar ideas, y poco hacer abstracciones. Ve cualidades comunes a ciertos cuerpos sin razonar sobre esas cualidades en sí mismas. Conoce la extensión de la geometría, conoce la cantidad abstracta con ayuda de los signos del álgebra. Esas figuras y esos signos son los soportes de esas abstracciones sobre las que se apoyan sus sentidos. No se trata de conocer las cosas por su naturaleza, sino sólo por las relaciones que le interesan. Sólo estima lo que que le es extraño por relación a sí mismo; pero esta estimación es exacta y segura. El capricho y la convención ninguna cabida tienen aquí. Hace más caso de lo que le es mas útil, y no apartándose nunca de esta forma de apreciar, nada concede a la opinión.
Emilio es laborioso, moderado, paciente, firme, lleno de valor. Su imaginación, nada arrebatada, nunca acrecienta los peligros; es sensible a pocos males, y sabe sufrir con constancia, porque no ha aprendido a disputar contra el destino. Respecto a la muerte, todavía no sabe bien lo que es, peor, acostumbrado a sufrir sin resistencia la ley de la necesidad, cuando haya que morir morirá sin gemir ni debatirse; eso es cuanto la naturaleza permite en ese momento aborrecido por todos. Vivir libre y tener en poco las cosas humanas es el mejor medio de aprender a morir.
En una palabra, Emilio tiene de la virtud todo aquello que se relaciona consigo mismo. Para tener también las virtudes sociales, sólo le falta conocer las relaciones que las exigen, sólo le faltan unas luces que su espíritu está completamente dispuesto a recibir.
Se considera sin miramientos para con los demás y acepta que los demás no piensen el él. Nada exige de nadie y no cree deber nada a nadie: está solo en la sociedad humana, sólo cuenta consigo mismo. También tiene más derecho que cualquier otro a contar consigo, porque es todo lo que se puede ser a su edad. Carece de errores, o sólo tiene los que nos son inevitables; carece de vicios, o sólo tiene aquellos de los que ningún hombre puede librarse. Tiene el cuerpo sano, los miembros ágiles, el espíritu justo y sin prejuicios, el corazón libre y sin pasiones. El amor propio, la primera y más natural de todas, apenas si está exaltado todavía. Sin turbar el reposo de nadie ha vivido contento, feliz y libre, hasta donde la naturaleza lo ha permitido. ¿Os parece que se han desperdiciado los años de la niñez de un chico que llega de esta forma a los quince años?