Me gustaría compartir con los lectores cuál ha sido mi experiencia personal y la de mi familia con la enseñanza en casa. Cuando era niño me encantaba leer y estaba convencido de que el colegio, en lugar de ayudarme a aprender, más bien limitaba mi progreso académico. ¡Cuántos libros podría haber leído y cuántos experimentos podría haber hecho si no hubiese estado encerrado mil horas al año en el colegio! Me eduqué en una familia de profesionales en el mundo de la enseñanza en Carolina del Norte; de pequeño adopté una actitud crítica hacia el colegio y de adolescente leía acerca de los temas educativos en las revistas profesionales que llegaban a casa.
Vine por primera vez a Sevilla en 1974 para hacer un curso de español y volví en 1976 para quedarme. En 1982 me casé con una linda sevillana. Con el tiempo tuvimos dos preciosas niñas. Dos hechos que tuvieron lugar mientras mis hijas aún eran pequeñas -la lectura de un artículo en una revista americana acerca del "homeschooling" y mis dos años de experiencia como profesor de inglés en un colegio en Sevilla- me llevaron a la conclusión de que el colegio como tal no era el lugar idóneo para que mis hijas aprendieran, ya que no quería que ellas se vieran envueltas en ese tipo de ambiente. El ideario de "Aprender en libertad" del colegio donde enseñaba era un principio bueno pero en realidad había poco énfasis en la lectura y el ambiente fomentaba el descontrol: niños que se columpiaban del cable eléctrico, niños que partían el tubo de propano al lado del fumadero no oficial, niños que amenazaban a los profesores con bates de béisbol, profesores que tiraban pupitres a los alumnos y discusiones constantes entre profesores y alumnos. El colegio al que me refiero había comenzado a existir muy pocos años antes y creo que actualmente la disciplina ha mejorado bastante, pero en general en muchos colegios los problemas siguen siendo los mismos o peores.
Otro factor importante en nuestra decisión de enseñar a nuestras hijas en casa era el idioma. En Sevilla, conocía a bastantes familias internacionales como la nuestra y en la gran mayoría de los casos, los niños acababan hablando sólo español. El padre o madre extranjero siempre empezaba hablando a su hijo en su idioma con mucha ilusión de que fuera bilingüe. El hecho es que funcionaba bastante bien hasta que el niño empezaba a asistir a la guardería o al colegio. A partir de entonces solía rechazar el idioma del padre extranjero. Media hora de conversación al día con el padre o la madre en inglés o alemán no bastaba para contrarrestar seis horas al día de colegio en español, dos horas al día de televisión en español y dos horas al día jugando con amigos españoles. En el mejor de los casos -familias que seguían hablando el otro idioma en casa, tenían muchos invitados extranjeros e iban todos los veranos al otro país- el niño podía llegar a hablar sin acento extranjero, pero no podía expresarse bien por escrito y tenía un vocabulario limitado. Pensé que si enseñaba a mis hijas en casa en inglés alcanzarían un bilingüismo equilibrado.
Hasta el octavo curso usamos el programa americano Calvert Home Instruction. Más de 400.000 niños han estudiado con Calvert desde que el programa empezó en 1906. Por ejemplo, Sandra Day O'Connor, juez del tribunal supremo de los Estados Unidos, hizo una parte de sus estudios primarios con Calvert cuando de niña vivía en un rancho.
Usamos este sistema "precocinado" en lugar de inventar nosotros el programa por varias razones:
(1) En ese momento existía en Sevilla un grupo llamado "The American Cooperative School" que enseñaba a un pequeño grupo de estudiantes con el programa Calvert. Este grupo se formó cuando una señora americana empezó a enseñar a sus seis hijos en casa en 1974. Se agregaron más niños y llegó a haber entre 10 y 25 niños y dos o tres profesores pagados en una especie de escuela unitaria. Pensábamos que si alguna vez no teníamos tiempo para enseñar a nuestras hijas en casa podrían unirse a este grupo.
(2) Creíamos que el programa nos ayudaría a organizar la enseñanza académica.
(3) Cuando la gente nos preguntaba por qué nuestras hijas no iban al colegio, podíamos decir "hacen el colegio americano por correspondencia de la misma forma que los hijos de las familias españolas que trabajan en Arabia Saudita estudian con el CIDEAD (Centro para la Innovación y Desarrollo de la Educación A Distancia)".
(4) Pensamos que el aura de oficialidad de un curso por correspondencia serviría de escudo si alguna vez intervinieran las autoridades.
Calvert es, desde luego, un sistema muy completo. Sin embargo, si tuviera la posibilidad de enseñar a otro niño en casa, probablemente confeccionaríamos un programa propio con menos estructura. Los métodos de colegio están muy bien en el colegio, pero en casa es por naturaleza más conversacional. También al final te das cuenta de que lo oficial tiene un valor muy limitado en la enseñanza en casa. Nuestras hijas ahora tienen 16 y 14 años y las considero bastante cultas para su edad, pero esa cultura les ha venido sobre todo de su amplia lectura de clásicos y revistas, de las muchas conversaciones que hemos mantenido, de algunos viajes familiares y de nuestra insistencia en que llegasen a dominar dos idiomas al mismo nivel. Tienen interés en la lectura porque leíamos muchos libros con ellas cuando eran pequeñas, empapelamos la casa con libros y revistas, las llevábamos a bibliotecas, dimos ejemplo con nuestra propia lectura y curiosidad intelectual, limitamos la televisión y videojuegos (en nuestro caso no teniéndolos en casa), y no fomentamos el estar en la calle jugando a todas horas. Ahora se están preparando para hacer los estudios universitarios en los Estados Unidos, donde la mayoría de las universidades aceptan a homeschoolers.
Nuestra experiencia con la enseñanza en casa ha sido muy positiva porque nos ha permitido pasar mucho tiempo con nuestras hijas y conocerlas mejor y porque han llegado a tener un nivel cultural que no hubiesen alcanzado de otra forma.Tanto para mis hijas como para mí es una experiencia apasionante comenzar cada día con la meta de aprender algo nuevo juntos.
-David Kornegay
Artículo publicado en el Boletín Crecer Sin Escuela número 9, invierno 2002